Capítulo 130. Uniformes para una guerra fría
El comedor estaba sumergido en una luz matutina. Elena estaba sentada frente a Keziah, sostenía la cuchara con una delicadeza que rozaba lo ritual, mientras Livia, desde el umbral de la cocina, terminaba de secar los platos con movimientos mecánicos, sintiendo cómo cada palabra de Elena se le clavaba en la espalda como una aguja fina.—A ver, mi pedacito de cielo, abre la boquita para tu abuela —decía Elena con una voz impostada, aguda y empalagosa, esa "vocecita" que las personas usan con los bebés, pero que en sus labios sonaba como una advertencia camuflada—. Eso es... muy bien. ¿Ves qué rico está? La abuela sabe exactamente cómo te gusta. Ni muy grande para que no te canses, ni muy pequeño para que lo sientas. Porque la abuela piensa en todo, ¿verdad que sí?Keziah masticaba en silencio, observando a su abuela con esos ojos grandes y curiosos que parecían entender mucho más de lo que los adultos admitían. Elena le acarició la mejilla con el dorso de la mano, una caricia que Livia
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