Capítulo 130. Uniformes para una guerra fría
El comedor estaba sumergido en una luz matutina. Elena estaba sentada frente a Keziah, sostenía la cuchara con una delicadeza que rozaba lo ritual, mientras Livia, desde el umbral de la cocina, terminaba de secar los platos con movimientos mecánicos, sintiendo cómo cada palabra de Elena se le clavaba en la espalda como una aguja fina.
—A ver, mi pedacito de cielo, abre la boquita para tu abuela —decía Elena con una voz impostada, aguda y empalagosa, esa "vocecita" que las personas usan con los