Capítulo 127. La Sombra en el Pasillo
El silencio que Aslan había ordenado no duró mucho. Ares, con sus más de setenta kilos de músculo y un linaje diseñado para la protección, no se movió de la puerta de Livia. Sus gruñidos no eran los de un perro molesto; eran vibraciones eléctricas que subían por las paredes. De vez en cuando, lanzaba un ladrido seco, un estallido de advertencia que retumbaba en el ala de servicio como un disparo.
Dentro de la habitación, Livia estaba de pie, pegada a la pared lateral, lejos del ángulo de visión