DAMIANHabía mirado el teléfono demasiadas veces en menos de veinte minutos, lo suficiente como para empezar a sentirme ridículo, aunque no al punto de dejar de hacerlo. Lo apoyaba sobre el escritorio, abría cualquier archivo en la computadora para fingir que seguía trabajando y, unos segundos después, terminaba buscándolo otra vez casi sin darme cuenta.El último mensaje de Isabella seguía allí, corto, simple, sin nada que permitiera adivinar demasiado:—Entraré a una reunión con Sarah.Después de eso, silencio.Al principio no le di importancia. Sarah podía hablar durante una hora entera de cualquier tema sin repetir una sola idea, y si además estaban revisando asuntos de trabajo, era normal que Isabella no estuviera pendiente del teléfono. El problema fue que, conforme pasaba el tiempo, empecé a pensar en todo lo que Sarah sabía y en lo poco que me convenía que decidiera hablar más de la cuenta.—Si sigues mirando así el teléfono, en cualquier momento lo derrites —dijo Thiago desde
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