ELENA Sarah se había marchado hacía apenas unos minutos, pero su voz seguía resonando en mi cabeza como un eco imposible de apagar. “Los vi esta mañana”, me dijo, y esas palabras se quedaron incrustadas en mí como una espina. Cerré los ojos, intentando que se desvanecieran, pero cuanto más lo intentaba, más fuerza cobraban. Me quedé un instante de pie en medio de mi oficina, con la carpeta aún en la mano, sin saber qué hacer. El aire parecía más pesado, como si cada objeto en la habitación me recordara lo que acababa de escuchar. Caminé hasta el ventanal y miré la ciudad. Durante años esa vista me había tranquilizado, pero ahora no era más que un recordatorio cruel de lo pequeño que era mi mundo frente a la inmensidad de todo lo demás. Respiré hondo y me obligué a volver al trabajo. Tenía pendientes acumulados, reuniones programadas, informes que revisar. Mi vida profesional siempre había sido mi refugio, el lugar donde podía fingir que todo estaba bajo control. Caminé por el pasill
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