ISABELLANo recuerdo quién dio el primer paso. Quizá fui yo, quizá fue Damian, quizá ninguno de los dos. Después de todo lo que había pasado aquella noche, después de las lágrimas, la pelea, los papeles y el miedo, dejó de importar. Lo único que sabía era que seguíamos de pie en medio de aquella habitación destrozada, rodeados por los restos del divorcio que acababa de romper y por todas las preguntas que seguían sin respuesta. Pero por una vez no quería respuestas, solo quería que dejara de doler.Damian levantó una mano y apartó con suavidad un mechón de cabello pegado a mi mejilla húmeda. Sus dedos temblaban, y aquello me sorprendió más que cualquier otra cosa. Damian Villalobos nunca temblaba. Sin embargo, allí estaba, mirándome como si acabara de regresar del borde de un precipicio, como si todavía no creyera que yo seguía allí.—No me mires así —susurré. —¿Así cómo? —Como si fueras a perderme.Su mandíbula se tensó. —Es que siento que estuve a punto de hacerlo.Mi corazón se en
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