En aquel entonces, Lucía le había dicho con una sonrisa radiante que ser abogada era su mayor pasión. Pero ahora, ella hablaba de esa profesión como algo lejano y prohibido.¿Qué demonios pasó en ese año y medio de encierro?, se preguntó Carlos, sintiendo que la comida se volvía ceniza en su boca. Bajo la mesa, apretó el puño. Miró su teléfono, fingió una mueca de preocupación y se disculpó: —Lo siento, Lucía, surgió algo urgente. Tengo una reunión de emergencia en la oficina.—Está bien. Acabo de terminar de comer de todos modos —respondió ella con calma.—Qué lástima... Reservé una función privada en el Cine La Capital, cerca de la oficina, y no me devuelven el dinero —añadió Carlos con un suspiro ensayado—. La reunión no durará más de una hora. ¿Qué te parece si las dejo en el teatro y, cuando termine, paso a recogerlas?Lucía no tenía ganas de cine, pero al ver sus "ojos de cachorrito", entendió que era su forma de ayudarla a distraerse. Aceptó. Carlos las acompañó hasta la entrad
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