—¡Ah, cierto! ¡Reaccionen, muchachas!Las palabras de Doña Bessie rompieron el estupor. La habitación se convirtió en un cuartel de maternidad: una mujer cambiaba el pañal de Alisson, otra administraba la medicina con precisión, mientras Bessie, con una fuerza incansable, refrescaba cada centímetro del cuerpo de la bebé. Alguien le alcanzó un biberón a Lucía, instándola a preparar la leche.Las luces del humilde dormitorio no se apagaron en toda la noche. Solo cuando el rojo encendido desapareció de las mejillas de Alisson y el termómetro marcó los 37°C, el grupo soltó un suspiro de alivio colectivo. Agotadas, las mujeres se desplomaron en la cama de Lucía.Ella estrechó a Alisson contra su pecho, sintiendo una calidez que no venía de la fiebre, sino de la gratitud. Era una ironía amarga: un grupo de desconocidas había luchado por la vida de su hija, mientras su propio padre, el todopoderoso Fernando Valladares, casi se la arrebata con su indiferencia.Alisson abrió sus ojos, brillant
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