El metal frío del arma se presionaba contra mi pecho.La mano de Alice temblaba, pero sus ojos no. Ardían con algo que nunca antes me había dirigido. Era una furia pura y sin diluir, mezclada con un dolor tan afilado que cortaba el ambiente en la habitación.—¿Quieres que jale el gatillo? —preguntó, con la voz temblando de coraje—. ¿De verdad crees que debería matarte como compensación? Mataste a un hombre inocente y a su esposa...—¿Inocente? —la interrumpí, y la palabra salió más fría de lo que pretendía—. Tal vez para ti era inocente. Pero como trabajador mío, era un traidor. Y esa clase de gente merece ser castigada.—Y estoy segura de que mi mamá también era tu trabajadora, ¿verdad? —escupió, y el rencor en su voz caló más hondo que cualquier bala.El piquete me llegó al alma.Nunca había olvidado su rostro. El nombre de Diego había vivido dentro de informes, investigaciones y decisiones. El nombre de Natalia no.Ella solo había existido en el papel como un daño colateral, una ví
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