La última semana en Nueva York había sido, para Elliot Vance y Daniela, lo más parecido a un sueño lúcido. Tras meses de vivir bajo la sombra asfixiante de las ambiciones de Enma, el aire finalmente parecía haberse limpiado. La información que Fabián les había entregado, aquel rastro de deudas, bancarrotas y matrimonios por conveniencia, había sido el golpe de gracia. Paul, con la calma de un depredador que sabe que la presa ya no tiene escapatoria, les había asegurado que el juicio estaba prácticamente ganado y ni siquiera había comenzado. Enma ya no era una amenaza. Había pasado a convertirse una simple molestia, pero ya no amenazaba la seguridad y la vida de la pareja.Por primera vez, se sentían en el cielo. La ciudad, que antes parecía un laberinto de juicios y paparazzis, se había convertido en su patio de recreo. Habían decidido no esconderse más. Aparecieron en galas benéficas en el Museo Metropolitano y caminaron de la mano por Central Park, dejando que el mundo viera l
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