A la mañana siguiente, Daniela despertó sintiendo besos suaves y calientes que recorrían su cuerpo con una lentitud tortuosa. El sol de las Bahamas se filtraba por las rendijas de las cortinas, creando motas de oro que bailaban sobre las sábanas de seda. Los labios de Elliot trazaban un camino deliberado desde su clavícula hasta la curva de sus pechos, deteniéndose para mordisquear con suavidad uno de sus pezones, que reaccionó al instante bajo el calor de su boca. Ella abrió los ojos con pesadez, aún envuelta en las brumas del sueño, y lo encontró inclinado sobre ella con esa sonrisa arrogante que tanto lo caracterizaba, una mezcla de posesión y deleite.—Buenos días, esposa —dijo él con voz ronca, guiñándole un ojo mientras empezaba a deslizarse hacia abajo por el colchón, sus manos recorriendo las caderas de Daniela con una familiaridad nueva y embriagadora.—¿Qué estás haciendo? —preguntó Daniela, incorporándose ligeramente sobre los codos, todavía adormilada y con un toque de
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