La escena en el umbral de la discoteca era digna de una película que ninguno de los dos esperaba protagonizar.
Paul y Thea estaban tan absortos en su propio universo de manos ansiosas y respiraciones entrecortadas que el mundo exterior, incluidos sus respectivos "jefes", había dejado de existir.
Las manos de Paul recorrían las curvas de Thea con una urgencia que gritaba que aquel no era su primer acercamiento de la noche; había una complicidad eléctrica en el aire que lo transformaba todo.
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