Ana estaba sentada en el sofá, con los mellizos durmiendo en sus cunas, las manos quietas sobre el regazo, la mirada perdida en algún punto de la ventana. Llevaba así más de una hora, desde que Sofía salió con la excusa de hacer unas compras y Nicolás salió de su habitación.
—¿Ana? —la voz de él sonó suave, casi temerosa.
Ella levantó la vista. Nicolás estaba en la entrada de la sala, con el cabello desordenado, la camisa arrugada, los ojos cansados. Llevaba días sin dormir bien, desde que sus