No perdí tiempo y fui directo a buscarla, porque esta vez no había margen para dudas ni para errores, y me quedé dentro del auto, inmóvil, con la mirada fija en la entrada del edificio como si en cualquier momento fuera a aparecer y todo dependiera de ese instante. No aparté la vista ni un segundo, no revisé el teléfono ni pensé en nada más, porque sabía que si algo salía mal, no habría una segunda oportunidad para corregirlo. El tiempo se alargó más de lo normal, denso, incómodo, hasta que finalmente el coche apareció y se detuvo frente al edificio, y entonces la vi bajar. Mi respiración se cortó por un segundo, una reacción automática que no esperaba, pero que no pude evitar, y que desapareció casi de inmediato cuando noté que no estaba sola. Un hombre salió con ella, demasiado cerca, demasiado cómodo en un espacio que no le correspondía, inclinándose hacia ella con una familiaridad que no me pasó desapercibida, y lo que más me molestó no fue su cercanía, sino el hecho de que Clar
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