SAMUEL
Gael y Bastián no esperan más. Salen del estudio casi corriendo, con las voces ya planeando quién se lanza primero a la piscina, quién agarra las bebidas, quién pone la música. Lucas los sigue, pero se detiene en la puerta y me mira.
—¿Vienes? —pregunta.
—Después —respondo, con la garganta seca—. Voy a subir un rato. ¿Me prestas tu móvil?
—Claro —dice—. Está en mi habitación, en la mesita de noche.
—Gracias.
Asiente. Se va. Sus pasos se pierden escaleras abajo, mezclándose con las risas