SAMUELEra la primera vez que la veía así, completamente expuesta, y el espectáculo me dejó sin aliento. Su tanga negra, pequeña, apenas un hilo que prometía un paraíso húmedo. La tomé con los dedos, la deslicé lentamente por sus caderas, por sus muslos, dejando que cayera al suelo junto al pantalón.Ella gimió cuando el aire fresco tocó su centro, cuando supo que no había nada entre nosotros.—Mírame —pedí, y ella bajó la vista, sus ojos encontrándose con los míos mientras yo aún estaba de rodillas.Besé su vientre. Lento, deliberado. Mis labios trazaron un camino desde su ombligo hasta la línea de su pubis. Sentí cómo se estremecía, cómo sus dedos se enredaban en mi cabello, apretando, guiando.Bajé más. Mi lengua encontró su centro, húmedo, cálido, esperándome. Y cuando la toqué, ella se mordió el labio para no gritar. Pero yo no quería silencios.Mi lengua se movió con precisión, encontrando el punto exacto que la hacía retorcerse. La succioné suavemente, luego con más fuerza, sin
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