La luz es blanca, cegadora. No sé de dónde viene, ni por qué me duele. Parpadeo una vez, dos, tres, hasta que mis ojos se acostumbran al resplandor. El techo es alto, blanco, con una lámpara apagada en el centro. Las paredes son blancas. Las sábanas son blancas. Todo es blanco, como si hubiera muerto y hubiera llegado a algún lugar que no esperaba.No sé dónde estoy, no sé qué pasó, ni cuánto tiempo ha pasado. Intento mover la mano, pero me cuesta, intento hablar, pero la garganta no me responde.Entonces lo veo. Es Samuel, está a mi lado, dormido. La cabeza apoyada en el borde de la cama, los brazos cruzados sobre la sábana blanca, la respiración profunda y lenta.Lo miro un largo rato antes de tocarlo suavemente. Mis dedos apenas rozan su mejilla.Él despierta de golpe. Me mira, parpadea para mirarme otra vez, como no creyendo lo que ve.—¿Valeria? Amor, despertaste.—Samuel —respondo, y mi voz sale como un eco, débil, lejana, pero él la escucha.Se incorpora de golpe. Sus brazos me
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