VALERIA
Mi padre levanta la cabeza. Me mira con los ojos rojos, hinchados, pero ya no hay sorpresa en ellos.
—Sí —dice, y la palabra le sale con un peso que no sabía que podía ser tan grande—. Creí que si no hubiera dejado que ella usara el auto... ella seguiría viva.
—¿Por qué nunca me lo contaste? —pregunto, con las lagrimas rodando or mis mejillas.
—Tenía miedo —responde mi padre, y la honestidad le duele—. Miedo de que te alejaras de mí al creerme culpable, de que me miraras como yo me mira