Abrí la puerta sin tocar. No podía esperar un segundo más. Maya estaba despierta, recostada contra las almohadas, la piel pálida, los labios partidos. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí algo que no supe describir: alivio, rabia, miedo. Todo junto, golpeándome como un tren. —Nathan… —susurró, apenas audible. Me acerqué a la cama, hundiendo las manos en los bolsillos para no perder el control. —¿Estás bien? —pregunté, aunque la respuesta no importaba. Lo que necesitaba eran explicaciones. Ella asintió, débil. El silencio entre nosotros era denso, como una pared que ninguno quería atravesar. Pero yo no podía con eso. No ahora. —¿Por qué lo hiciste? —mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. ¿Por qué te entregaste? Maya bajó la mirada, respirando hondo. —Porque no iba a dejar que les hicieran daño —respondió, y su voz tembló al final. —¿Les? —fruncí el ceño—. ¿Te refieres a Noah y Leonora? ¿O hay algo más que no me estás diciendo? Sus ojos se llenaro
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