Ismael estaba en su oficina cuando, de pronto, la puerta se abrió y Vanessa entró con dos cafés en las manos.Ismael levantó la mirada.—¿Qué haces aquí, Vanessa?—Ay, pero qué pesado eres. Solo vine a traerte un café. Hoy puedo hacer uso de la sala de juntas, ya sabes, aún no tengo mi propia oficina ni un lugar físico para mi empresa.Ismael cerró el celular, se puso de pie y rodeó el escritorio mientras ella avanzaba con tranquilidad.—Dime la verdad, Vanessa. Nos conocemos lo suficiente como para saber que no llegaste aquí por casualidad.Vanessa sonrió de lado. Sus labios rojos y sus ojos azules solo mostraban un ligero dejo de burla.—Vamos, Ismael, no tienes que ser tan frío. ¿No recuerdas nuestras noches en Madrid? Lo bien que lo pasábamos después de las misiones, cómo nos desestresábamos.—Sí... hasta que traicionaste al grupo.—No lo traicioné. Ese hombre quiso abusar de mí y pagó las consecuencias.—Debiste denunciarlo, no hacer pagar a todos por él. Murieron dos compañeros
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