En el orfanato, los niños estaban felices. Aranza había regresado al fin y, aunque todavía debía permanecer acostada gran parte del tiempo, aquello no parecía importarles. Desde que llegó, la habían tratado como una verdadera princesa. Le llevaban dibujos, lápices de colores, cuentos, juguetes, pinturas, dulces y hasta pequeños tesoros que guardaban en secreto para regalárselos. Algunos le contaban historias, otros le leían libros y los más pequeños simplemente se sentaban junto a ella para hacerle compañía.Marco observaba la escena apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa que no lograba ocultar. Ver a aquellos niños tan felices hacía que todo el esfuerzo valiera la pena.Angélica acomodaba cuidadosamente la ropa de Aranza dentro de un pequeño armario cuando alguien carraspeó detrás de ellos.Marco se giró.Y suspiró.—Hola, vengo a ver a Aranza.—Hola doctor, pase.El doctor Dupont entró a la habitación observando a los niños que rodeaban la cama de A
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