La mañana transcurrió sin incidentes hasta las once.Después de las once la cosa cambió.Estaba en el estudio del ala norte, que había empezado a usar como espacio de trabajo porque tenía la mesa más grande y las ventanas más altas y nadie pasaba por ese corredor antes del mediodía.Estaba revisando los papeles del testamento, buscando el lenguaje exacto de la cláusula de permanencia que el notario Bermeo había redactado con una vaguedad que yo empezaba a sospechar que no era casual, cuando escuché los pasos en el corredor.Los reconocía. Llevaba suficientes semanas en esta casa para reconocer el paso de cada uno de los tres: el de Luciano, preciso y sin variación, como un metrónomo; el de Sael, más lento, con pausas irregulares que sugieren que mira cosas en el camino; el de Dante, que en condiciones normales tenía un ritmo firme y directo, pero que cuando cargaba algo cambiaba de cadencia de una manera que la piedra del suelo amplificaba antes de que él llegara a la puerta.Esos pas
Ler mais