El apartamento de Zuri era el segundo piso de una casa de dos plantas en el borde del pueblo.La ventana del cuarto daba a un árbol que no reconocí. No era cedro, no era el roble del jardín de la hacienda. Era un árbol ordinario del pueblo con hojas ordinarias y ninguna historia que yo supiera.Zuri me había dejado las llaves, una nota con el código del wifi, y en el refrigerador: café, agua, y un envase de comida preparada con la tapa marcada con el tiempo que tardaba en calentarse.La nota decía: Cuando quieras hablar, llama. Si no quieres hablar, tampoco.Era el tipo de amistad que no exige presencia como condición.Puse la maleta en el cuarto. Me senté en el borde de la cama. Escuché el silencio.Era diferente al silencio de la hacienda.El silencio de la hacienda tenía presencia. El de los muros de piedra volcánica que retienen el calor incluso de noche, el del jazmín del patio central, el de tres personas que respiran en los cuartos adyacentes y que aunque no emitan sonido audib
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