El primer episodio fue en el desayuno.Dante llegó tarde, se sirvió café sin saludar, y cuando puse el azucarero donde él lo necesitaba antes de que lo pidiera, dijo: "No necesito que lo hagas."El tono no fue grosero.Fue el tono de alguien que lleva días con algo atravesado en el pecho y encuentra un lugar donde depositarlo.Y fue suficiente.El calor subió antes de que terminara de procesar la frase. No en el pecho —en la garganta, en la parte interna de las muñecas, en las palmas. Y cuando bajé la vista, los ojos de Dante estaban en los míos y el color que tenían no era el suyo habitual.—Tus ojos —dijo, en voz baja.Me levanté de la mesa.Fui al cuarto de baño del ala norte.En el espejo: dorado. Tres segundos, quizás cuatro, y luego el color normal. Verde, avellana, el color que siempre había tenido y que al parecer no era todo lo que había.Respiré.Puse las manos bajo el agua fría del grifo.El calor en las palmas bajó en un minuto.Trigger uno: rabia. Detonante externo menor.
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