La sala estaba vacía.
Luciano había salido el último. La puerta se cerró con el sonido específico de la madera vieja de la hacienda al encajar —un sonido que en ocho meses había aprendido a leer como el cierre de algo, no como apertura.
Me quedé sentada en la silla donde había estado durante la reunión.
Perla había hablado. Todo lo que sabíamos. Todo lo que Dante había confirmado en el cuaderno y lo que yo había reconstruido en el inventario de la madrugada.
Los hermanos lo escucharon. Luciano