52. A ti
La mirada que parecía conocer todos los secretos. Él, con ese aire de ser una manzana que no debía morder, pues caería de mi paraíso. Sí, me ofrecería conocimiento, libertad… pero si la mordía terminaría en sus garras… En las garras del mismo diablo. Ese hombre de sonrisa perfecta que podía llevarme a mi perdición. —¿Por qué no me respondes, Katherine? —su voz era parecida al néctar de una flor, el cual, si picaba, me condenaría—. ¿Por qué no me dices la verdad y dejas de mentir? —arrastró de manera posesiva, apretando suavemente más sus dedos—. Dime la verdad. Sus palabras resonaron como un eco, similar a un hechizo. El sonido de los autos cercanos desapareció. Las personas que caminaban cerca de nosotros se difuminaron. Estábamos él y yo. Podía decirle la verdad en esos momentos y acabar la tortura, pero imaginar que él utilizara a nuestro hijo como una manera de doblegarme a hacer lo que quisiera… me hacía temer. Mi temor más grande: que utilizara algún artilugio, así como e
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