Por la mañana, Marcos llevó a Eva a la clínica. Tenía un aire hosco y pensativo, pero aun así, cuando ella intentó bajar del coche primero, la detuvo, salió él mismo y le abrió la puerta.Eva dio un paso y quedó atrapada en su abrazo. Marcos la rodeó con los brazos, la apretó un instante y, como de costumbre, hundió el rostro en su coronilla. Ella no pudo evitar abrazarlo también, y fue como si el mundo a su alrededor desapareciera; Eva incluso dejó de respirar.De pronto ya no existían ni la clínica, ni el Ferrari ronroneando con el motor encendido, ni los pocos transeúntes. Solo estaban ellos dos, abrazados, con los corazones latiendo sordamente al mismo ritmo y la respiración mezclándose, como si se la compartieran.—Eva, yo… —murmuró Marcos, apretándola con más fuerza. Tenía los ojos cerrados.—¿Qué? —preguntó ella en un susurro—. ¿Qué pasa, Marcos?—Te llamaré —dijo él, separándose a regañadientes.A Eva le dieron ganas de besarlo, pero no se atrevió; no sabía si era apropiado en
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