El tercer día de acoso psicológico, la rendición llegó. No de Dante, sino de sus hombres. Tres de ellos abandonaron la fábrica al amanecer, desarmados, con las manos en alto, gritando que solo querían irse. Los hombres de Caleb los recogieron, les dieron agua y, tras interrogarlos brevemente, los dejaron ir con una advertencia. La noticia se filtraría: Roosevelt ofrecía clemencia a los que se rindieran. Dante estaba quedándose solo.Esa tarde, en el búnker, Caleb se preparaba. Se ponía un chaleco antibalas sobre un jersey negro, revisaba metódicamente su pistola con silenciador. Emily lo observaba, un nudo en la garganta. Lucia, extrañamente tranquila, jugaba con un sonajero en el suelo, sobre una manta.—Voy con Marco y dos hombres más —explicó Caleb, sin dejar lo que hacía—. Entraremos por los ductos de ventilación que muestran los planos antiguos. Neutralizaremos a los guardias restantes y llegaremos a la oficina.—¿Y si él la tiene apuntada? —preguntó Emily, la voz apenas un
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