El tiempo en Suiza pasó en una burbuja de trabajo y aprendizaje.Lucia crecía día a día, cambiando de un recién nacido soñoliento a un bebé alerta y curioso. A las seis semanas de vida, sucedió el milagro.Estaban en el salón, Caleb sentado en el suelo con Lucia boca arriba sobre una manta de actividades, mostrándole un sonajero de colores brillantes. Emily observaba desde el sofá, sonriendo. Caleb hacía muecas tontas, algo tan fuera de lugar en su rostro duro que a Emily le entraba la risa.—Mira, princesa, ¿ves? Papá es un tonto —decía Caleb, moviendo el sonajero de un lado a otro.Lucia seguía el objeto con sus ojos, sus piececitos pateando el aire. De repente, su mirada se centró no en el sonajero, sino en la cara de Caleb. Sus pequeños labios, que normalmente estaban en un mohín serio o en forma de O para llorar, se curvaron. No fue un gas, ni un tic. Fue una sonrisa clara, deliberada, que iluminó su rostro redondo y le hizo entrecerrar los ojos.Caleb se quedó paralizado. El
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