El club privado donde se reunirían con el senador Harlan era el epítome del poder discreto: maderas oscuras, cuadros de viejos blancos, y el silencio que solo el dinero puede comprar. Caleb vistió un traje de negocios impecable, pero bajo la chaqueta, en la espalda, llevaba su arma habitual. Emily, a su lado, llevaba un elegante vestido de lunares que ocultaba los últimos signos de su recuperación postparto. Lucia había quedado en la mansión con Silvia y dos guardias de confianza, algo que a Caleb le costó horrores aceptar.El senador Harlan era un hombre de sesenta años, con sonrisa de cocodrilo y un apretón de manos demasiado firme. Su abogado, un tipo joven y afilado, los observaba con ojos calculadores.—Caleb, Emily —dijo el senador, indicando que se sentaran—. Me alegra que hayan reconsiderado mi oferta. El país necesita hombres de… acción, que entiendan cómo funciona el mundo real.—No estamos aquí por el país, senador —dijo Caleb, sin sonreír—. Estamos aquí por un acuerdo
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