El lunes llega con el cielo despejado.El viento de agosto barre las terrazas de Lavapiés desde temprano, moviendo el periódico de la mesa del bar de la esquina, haciendo que la persiana del primero golpee contra el marco con el ritmo impaciente de algo que no quiere quedarse quieto.Camila sale del apartamento a las ocho menos cuarto con el tubo de planos bajo el brazo.No los va a necesitar. Los planos del proyecto Lavapiés están archivados desde el jueves: firmados, sellados, registrados en el archivo municipal, en el del consorcio europeo y en el de Walker Holdings, con los sellos y los números de expediente que convierten el trabajo de dieciocho meses en algo que un archivero puede encontrar dentro de veinte años sin necesitar explicaciones. Pero cuatro meses de llegar a la obra con el tubo bajo el brazo han construido una memoria que el cuerpo no deshace porque el calendario diga que ya no hace falta.El hábito es más antiguo que la razón.Camina hacia el edificio con los mismos
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