El viernes llega con nubes bajas que Madrid no convierte en lluvia.
Camila recoge a los niños a las cinco. Sofía sale del colegio con el estuche de los crayones apretado contra el pecho y el pelo suelto de las coletas del mediodía. Leo sale detrás con la mochila bien ajustada y los ojos ya buscando algo concreto en el aire de la calle, como si hubiera estado esperando durante toda la tarde escolar el momento de estar afuera.
—¿Las ardillas? —dice Sofía antes de que Camila haya dicho nada.
—Las