LIGIA—Alberto, siento varias mentes, además de una que es como si abarcara todo este espacio; es superraro, me tiene confundida.—se me hacía extraño que estuvieras callada y quieta.—¿Qué? Pero si te estoy tocando desde hace un buen rato.—Disculpe, señorita, pero es a mí; es que lo hace bien y además hace mucho que no me tocan, que me estaba gustando mucho. Por favor, continúe, hágalo sin pena ni respeto.—¡Alto, eso no puede ser! ¡Prendan la luz! —Las palabras de Ligia hicieron que la caverna se iluminara, enseñando que las paredes resplandecían y latían al tiempo. Por eso ella se pudo observar que estaba acariciando a un extraño anciano barbado que soltó empujándolo enseguida.—-señorita, no se detenga; si quiere, le pago para que continúe. Tome—y el anciano le enseñó unos granos dorados. —Aquí hay una montaña de oro. Si quiere, se la doy.—No, señor, ni por todo el oro del mundo. Es que yo estaba confundida por la oscuridad. Qué sorpresa, algo me decía que podía prender la luz y
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