ALBERTO—Por favor, ábrete, lo ruego. Ya se fueron los mariachis; por favor, hablemos un poco—; Él continuó golpeando la puerta, recostando la cabeza contra esa dura y helada lámina de metal que lo separaba de su amada en esta oscura noche, y escuchó un susurro: Levanta las rosas.En su mano derecha llevaba un hermoso ramo de rosas y por poco lo deja caer. Alguna vecina le advirtió, una de las que lo miraban con lástima, debido a que su amada no salió con ninguna de las canciones de la serenata.—Tal vez no se encuentra en casa, o está con otro—; también eran algunos de los susurros que le alcanzaban a llegar a sus oídos, y cuando pensó en largarse y seguir bebiendo para olvidar, la puerta se abrió y él cayó adentro.—Alberto, levántate, qué vergüenza, todo el barrio nos está mirando.—Sheila, ¿qué haces aquí? Alberto la miró desde el suelo, intentando levantarse sin dañar el ramo de rosas; es que había pasado una hora escogiéndolo.—Por supuesto, tú mismo me pediste ayuda, a eso vine
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