El amanecer en la costa de Galicia no trajo consigo calor alguno; solo una niebla grisácea que se deslizaba a través de las rendijas de las ventanas de la casa segura, trayendo consigo un intenso olor a sal y un mal presentimiento que persistía sin resolverse.
En el interior de la sala de trabajo provisional, llena de pantallas que emitían una luz tenue, Valentina permanecía inmóvil.
Sus dedos, por lo general firmes y precisos al sostener un bisturí, temblaban levemente mientras sujetaba una