El amanecer en Galicia debería haber traído consigo calma y sosiego, pero para Ricardo Valderrama, en Bogotá, los rayos del sol que se filtraban por las ventanas de su despacho se sentían como la luz de una ejecución inminente.
Mientras tanto, en la casa segura, la tensión se hacía cada vez más palpable.
El teléfono de Sebastián vibraba sin parar, mostrando nombres de miembros del consejo de administración que, hasta hace poco, solo sabían adularlo y ahora exigían explicaciones a gritos.
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