El rugido de los motores del Gulfstream G650, el avión privado de Sebastián, ahogaba el ruido de la tormenta emocional que se desataba en el interior de la cabina.
A 12.000 metros de altura sobre el océano Atlántico, Valentina no había podido cerrar los ojos ni un solo instante.
Estaba sentada en un asiento de piel de primera clase, pero su mente permanecía atrapada en los informes médicos del abuelo Valderrama, que Miguel le iba actualizando constantemente mediante conexión por satélite.
Su