El rugido del motor del automóvil que conducía Valentina atravesaba el silencio de la noche bogotana, dejando tras de sí una estela de humo y las llamas del enfrentamiento que tenía lugar en la antigua residencia de Don Alejandro.
Respiraba con dificultad, aferrándose al volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
En su mente, la imagen de Sebastián, erguido frente a los hombres de su abuelo, giraba una y otra vez como una cinta dañada.
Aquel hombre el dragón que dura