El amanecer en Bogotá nunca se había sentido tan frío. Frente a la Clínica San José, las cintas amarillas de policía aún cruzaban el paso, mientras el equipo forense se afanaba en recoger los restos de los cartuchos de gas nervioso que Isabella no había logrado detonar. Valentina estaba sentada dentro de la ambulancia privada de los Valderrama, permitiendo que el equipo médico le colocara una nueva mascarilla de oxígeno y verificara, una vez más, los latidos del bebé en su vientre.Sebastián no se apartaba de su lado. Sus manos, todavía manchadas con el polvo de la pólvora de Cartagena, sostenían con fuerza las de Valentina, como si al soltarlas siquiera un segundo, su esposa desapareciera nuevamente detrás de la bruma de las montañas.Los latidos del feto son estables, Sr. Valderrama. Pero la Srta. Valentina debe mantenerse absolutamente aislada del estrés durante las próximas cuarenta y ocho horas informó el médico de guardia, con voz temblorosa bajo la mirada penetrante de Sebast
Leer más