El amanecer en Bogotá nunca se había sentido tan frío.
Frente a la Clínica San José, las cintas amarillas de policía aún cruzaban el paso, mientras el equipo forense se afanaba en recoger los restos de los cartuchos de gas nervioso que Isabella no había logrado detonar.
Valentina estaba sentada dentro de la ambulancia privada de los Valderrama, permitiendo que el equipo médico le colocara una nueva mascarilla de oxígeno y verificara, una vez más, los latidos del bebé en su vientre.
Sebastián