El taxi se alejó de las puertas de hierro de la mansión Valderrama, atravesando la bruma nocturna de Bogotá que se sentía más fría que de costumbre.
En el asiento trasero, Valentina Morales abrazaba a Mateo, que dormía profundamente, con una fuerza nacida de la desesperación. No miró atrás.
Sabía que si veía en el retrovisor la silueta de Sebastián en el balcón, su valor se desmoronaría hasta convertirse en polvo.
La lluvia golpeaba las ventanas, creando miles de líneas de agua que difuminaba