El rugido del motor del coche de Sebastián se desvaneció lentamente, reemplazado por el tañido de las campanas de la iglesia que resonaban en la distancia.
Valentina seguía de pie en el umbral de la clínica, aferrando el marco de madera con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Las últimas palabras de Sebastián que volvería no para pedir permiso, sino para recoger a su esposa resonaban en sus oídos como una promesa y, a la vez, como una amenaza.
¿Señorita Elena? ¿Se encuentra bie