La luz de la mañana que se filtraba por los ventanales de cristal de la mansión Valderrama se sentía helada, como si el oro que cubría cada rincón se negara a ofrecer calor alguno.
Valentina despertó con una inquietud inexplicable. A su lado, la cama ya estaba vacía; Sebastián se había marchado antes del amanecer para gestionar el caos que quedaba en la sede central.
Valentina bajó las escaleras sosteniendo a Mateo, que aún tenía sueño. Sin embargo, se detuvo en el último peldaño.
El silencio