La oscuridad que se cernía fuera de la ventana de la residencia Valderrama parecía ocultar miles de ojos vigilantes.
Dentro de la habitación, que ahora funcionaba como una fortaleza médica, Valentina se despertó sobresaltada por el sonido de susurros agudos que provenían del estudio contiguo. Miró a su lado; la cama de Sebastián estaba vacía.
Con movimientos cautelosos para no provocar contracciones, Valentina se sentó y se puso su bata de seda.
Caminó hacia la puerta, que estaba entreabierta