Diego observaba a su padre, que yacía debilitado en la cama del hospital. Podía sentir el temblor en el agarre de Arturo, pero la mirada del anciano seguía ardiendo con una ambición que se negaba a morir.—Tráela aquí, Diego... —repitió Arturo con una voz cada vez más ronca.Diego respiró hondo y, lentamente, apartó la mano de Arturo de su brazo. Se puso de pie, marcando una distancia clara entre ambos.—No, papá —respondió Diego con firmeza. Su voz era tranquila, pero tajante—. Elena necesita descansar. No está en condiciones de venir al hospital bajo este nivel de estrés.Arturo entrecerró los ojos; un destello de furia asomó tras su rostro pálido.—¿Me estás desafiando? ¡Es mi nieto, el heredero de los Montenegro!—Es mi hijo, padre —lo interrumpió Diego—. Y Elena es mi esposa. Jamás le diste tu bendición ni respetaste nuestro matrimonio, así que no esperes usar a este niño como excusa para volver a controlarla.Diego retrocedió hacia la puerta. Podía escuchar el monitor ca
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