A la mañana siguiente, Diego condujo su SUV negro hacia la zona de los viejos muelles en las afueras de Madrid. No lo acompañaba Martín ni escolta alguna. Las advertencias de Julián seguían dándole vueltas en la cabeza, pero su curiosidad por Daniel era mucho mayor. Quería zanjar todo esto y advertirle que se mantuviera alejado de Elena, sin importar cuáles fueran sus planes de negocios.Al llegar, Diego aparcó el coche entre viejos contenedores oxidados. El olor acre del salitre y el gasóleo impregnaba el aire. Se bajó, se quitó las gafas de sol y recorrió con la mirada el muelle desierto.A lo lejos, vio a un hombre sentado sobre una gran caja de madera con las piernas cruzadas. Daniel lo saludó con la mano, con una sonrisa burlona dibujada en el rostro. Diego soltó una risa cínica y se dirigió hacia él con paso firme.—Vaya, finalmente has venido —se mofó Daniel cuando Diego se plantó frente a él.Diego no devolvió el saludo. Sus ojos se clavaron en él con firmeza.—Dime, ¿qué
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