Diego no llevó a Elena de vuelta a casa. En lugar de calmar la tensión, la arrastró hacia el área de un bar privado en un rincón del salón, donde se encontraban sus parientes y socios más cercanos.—Siéntate aquí. No te muevas —ordenó Diego con frialdad, señalando un sillón de terciopelo en una esquina del lugar.Elena se dejó caer con los hombros hundidos. Frente a ella, Diego comenzó a servirse un whisky tras otro. Parecía empeñado en ahogarse en alcohol, riendo a carcajadas de los chistes sin gracia de sus socios. Isabella, quien nunca desaprovechaba una oportunidad, se sentó justo al lado de él, rozando su brazo de forma posesiva.—Diego —intervino Nicolás, uno de sus primos, que llevaba rato observando a Elena—. Has bebido demasiado. Mira a tu mujer, está pálida y se ve agotada. Deberías parar ya y llevarla a descansar.Diego miró a Elena de reojo, con los ojos ya inyectados en sangre por el alcohol, y volvió a clavar la vista en su vaso.—Solo necesita un momento. Mi mujer
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