Villa Isabella, Montes SabinosCincuenta años despuésEl jardín estaba en calma.Las rosas rojas, aquellas que Elena había plantado hacía medio siglo, seguían floreciendo cada primavera con una obstinación que parecía desafiar al tiempo. Los cipreses, ahora centenarios, se mecían con el viento como espectadores eternos. La villa, testigo de tantas guerras y tantas paces, había sido restaurada hacía una década por los bisnietos de Matteo, que la habían convertido en un lugar de encuentro para toda la familia.La pequeña Sofía, la bisnieta de Elena, ahora tenía sesenta años. Su cabello, antes moreno como el de su abuela, estaba salpicado de canas. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban al podar las rosas. Pero sus ojos seguían siendo los mismos: los ojos grises de los Moretti, brillantes, despiertos, recordando cada detalle de una historia que no era suya, pero que había decidido honrar.Esa tarde, mientras el sol se ponía detrás de los cipreses, su nieta , una niña de diez años llama
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