Estaban sentados en el sofá grande del salón, como si fueran dueños del lugar. Artur Blackwood, el patriarca, en el centro, con su bastón apoyado en la rodilla y una expresión que intentaba ser severa pero tenía un toque de diversión contenida. A su lado, Ethan, con los brazos cruzados y una ceja arqueada en lo que parecía una mezcla de envidia y burla. Luego la tía Elena, mirando hacia otro lado como si no hubiera visto nada. Y su esposo, Roberto, que parecía el más incómodo de todos, cambiando de peso en el asiento.El silencio duró un segundo eterno. Sentí el calor subir a mis mejillas. No era vergüenza exactamente, después de todo, éramos marido y mujer, legalmente y ahora emocionalmente, pero era esa incomodidad de ser pillados en un momento íntimo que no estaba destinado a público. Solté la mano de Sebastián despacio, avergonzada, y di un paso atrás. Él, en cambio, no se movió tanto. Solo enderezó los hombros, su expresión pasando de sorpresa a irritación en un parpadeo.—¿Qué d
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