Cuando la puerta se cerró tras la familia, el clic del cerrojo resonó más fuerte de lo normal, como si sellara el mundo exterior por fin. Me quedé mirando la madera un segundo, todavía con el eco de las voces de Artur, Elena y los demás en la cabeza. El salón parecía más grande ahora, más nuestro. Las luces de la ciudad parpadeaban allá abajo como estrellas caídas, y el silencio era cómodo, casi tierno.
Sebastián se giró hacia mí, las manos en los bolsillos del pantalón, la expresión más relaja