No lo hice. No lo giré. No lo besé otra vez.
Me quedé mirando su espalda un rato largo, la línea recta de los hombros subiendo y bajando con cada respiración profunda, el pelo húmedo todavía pegado a la nuca en mechones oscuros. El fuego entre las piernas se convirtió en un calor sordo, pesado, y los párpados me pesaban como si alguien les hubiera atado plomo. Cerré los ojos. El sueño me atrapó casi de inmediato, pesado, sin sueños. Solo oscuridad y el sonido lejano de su respiración como un me