El salón Emperador del Hotel St. Regis brillaba con esa elegancia discreta que solo el dinero viejo sabía comprar. Las arañas de cristal Baccarat colgaban del techo como constelaciones domesticadas, proyectando fragmentos de luz sobre las mesas de caoba pulida donde los poderosos negociaban el futuro con la misma naturalidad con la que otros pedían café.Valeria llegó con treinta minutos de anticipación, una armadura de profesionalismo envolviendo cada centímetro de su cuerpo. El traje Armani color carbón que había elegido no dejaba espacio para interpretaciones: líneas rectas, corte impecable, ninguna concesión a la feminidad que pudiera distraer de su función como intérprete. Había recogido su cabello en un moño francés tan apretado que sentía la tensión en las sienes, un recordatorio físico de mantener el control.Solo son dos horas, se dijo mientras revisaba por tercera vez el vocabulario técnico en su tablet. Dos horas traduciendo términos financieros para hombres que negocian con
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